Crónica de sangre y olvido en la Cruz del Pósito.
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| La Plaza del Pósito de Jaén: Escenario de Piedra y Leyenda. |
Resulta inevitable que, al cruzar la hoy Plaza del
Pósito, el caminante no sienta un susurro que parece
desprenderse de las piedras húmedas de Jaén. En las noches donde la niebla baja
de la Sierra de la Pandera y se enreda en los callejones del casco antiguo,
casi se puede escuchar el eco de unas espuelas rompiendo el silencio y el
lamento ahogado de una mujer. Allí, bajo la sombra de la cruz que corona el
monumento, late una de las leyendas más desgarradoras de nuestro siglo XVI, un
drama de capas y espadas donde la avaricia y el desamor sellaron un destino
trágico.
Un enlace sin alma: La desdicha de Doña Beatriz.
Nuestra historia se asienta en el Jaén de finales
del mil quinientos. A la ciudad llegó Don Diego Osorio, un capitán
curtido en las guerras de Flandes, cuya estampa gallarda y arcas llenas de
rentas encandilaron a la nobleza local. No tardó en desposar a la joven Doña
Beatriz de Uceda, hija de un linaje ilustre de la tierra.
Sin embargo, tras el boato de la boda se escondía una
arquitectura de ceniza. Don Diego, hombre de espíritu inquieto y celos
latentes, no tardó en caer en el tedio de la vida conyugal. Beatriz, por su
parte, guardaba un secreto que le quemaba el pecho: su alma pertenecía a otro.
Su amor, legítimo en el sentimiento pero prohibido por el sacramento, era Don
Lope de Haro, el galán que la pretendió antes de que las conveniencias
familiares la entregaran al capitán de Flandes.
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| La Tahurería del Destino: Don Diego Osorio ante los Dados. |
El azar maldito en la Plaza del Pósito.
Buscando escape a su amargura, Don Diego se sumergió en las
sombras de la noche jiennense. Se hizo asiduo de las casas de tahurería,
esos antros de fortuna y desgracia que florecían al abrigo de la Plaza del
Pósito. Una noche de tormenta, mientras los dados rodaban sobre el tapete como
sentencias de muerte, la suerte le dio la espalda.
Diego perdió su oro, sus tierras y sus alhajas. En un rapto
de locura, ciego por la ludopatía, envió a su escudero a casa con una orden
infame: exigir a Beatriz la entrega de una joya de incalculable valor, la
prenda que él mismo le regaló el día de sus nupcias.
- Decidle a mi señor, respondió Beatriz con dignidad
herida, que esta joya es el último vestigio de su honor y mi respeto. Solo a
él, y en mano propia, habré de entregarla.
Al recibir la negativa y verse burlado por el resto de
jugadores, el capitán salió a la calle con la mirada extraviada. No buscaba a
su esposa; buscaba un trofeo para seguir alimentando al demonio del juego.
Un crimen bajo la lluvia y la venganza de Don Lope.
El encuentro se produjo cerca de donde hoy se levanta el
monumento. No hubo palabras, solo el brillo de una daga bajo el relámpago. En
un acto de vileza suprema, Don Diego arrebató la vida a Doña Beatriz para
arrancarle la joya. Regresó a la mesa de juego, pálido como un espectro, con
las manos aún calientes de sangre.
Pero la justicia divina no aguardó al juicio de los hombres.
Una voz atronadora rompió el estruendo de la lluvia: "¡Asesino! ¡Sal de
tu escondrijo y rinde cuentas!". Era Don Lope de Haro, quien, alertado
por un presentimiento o quizá guiado por el propio destino, había hallado el
cuerpo inerte de su amada.
El duelo fue breve y feroz. En la penumbra de la plaza, el
acero de Don Lope buscó el corazón del capitán Osorio con la precisión que solo
da el dolor puro. Diego cayó sobre el barro, uniendo su sangre a la de la mujer
que acababa de sacrificar.
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| El Duelo Final: La Justicia de Don Lope de Haro. |
El arrepentimiento y la sombra del penitente.
La tragedia dejó a Don Lope de Haro roto por dentro.
Despojado de su razón de vivir, renunció al mundo y tomó los hábitos en el Convento
de San Francisco. Cuentan las viejas crónicas que, durante años, una figura
encapuchada permanecía arrodillada frente a la Cruz del Pósito hasta bien
entrada la madrugada.
Incluso hoy, los más ancianos del barrio relatan que, en las
noches de viento, se ve la silueta de un penitente rezando por las almas de los
amantes y del asesino. La Cruz del Pósito, que en su origen fué una
picota donde se exhibía la justicia del rey, se convirtió para siempre en un
monumento al remordimiento.
Aunque el tiempo ha erosionado la piedra, la bola y la cruz
de hierro que hoy vemos, herederas de las que ya se describían en el siglo XIX, siguen ahí, recordándonos que en Jaén, la historia y la leyenda son solo dos
caras de la misma moneda.
¿Conocías este oscuro pasaje de nuestra historia local? La
Plaza del Pósito guarda secretos que el asfalto no ha logrado silenciar. Déjanos
un comentario con tus recuerdos o leyendas familiares de este rincón de Jaén y
ayúdanos a que la memoria de Doña Beatriz no se pierda en el tiempo.



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