El Enigma de la Mona: La Maldición Pétrea de la Catedral de Jaén.




Esta impactante fotografía captura a "La Mona", una enigmática escultura situada sobre el entablamento del muro gótico en la parte trasera de la Catedral de Jaén. La figura representa a una persona sentada "al estilo moro", con las manos sujetándose firmemente los pies en una postura de recogimiento o cautiverio .Aunque durante generaciones los giennenses la han interpretado como un Bafomet —otorgando un carácter sagrado y hermético a la greca gótica del muro—, los estudios históricos más recientes sugieren que podría tratarse de la representación de un judío. La imagen evoca el sombrío relato de finales del siglo XIX, cuando la figura fue objeto de una profanación que, según cuenta la tradición, desencadenó una fatal maldición sobre un joven de la ciudad.
La Mirada de Piedra: El Enigma del Judío de la Catedral


En los pliegues pétreos de la majestuosa Catedral de Jaén, donde el gótico se funde con el cielo, habita una figura que ha desafiado el paso de los siglos y la cordura de los lugareños. Se trata de "La Mona", una escultura que, desde su entablamento en el muro trasero, vigila con una mirada adusta y eterna el devenir de la ciudad.


¿Bafomet, Judío o Guardián del Templo?.

La identidad de esta figura es, en sí misma, un laberinto de hipótesis. Durante generaciones, los ojos más esotéricos creyeron ver en ella a un Bafomet, el ídolo enigmático de los templarios, cuya presencia dotaría de un carácter sagrado y hermético a la greca gótica que recorre el muro.

Sin embargo, estudios más recientes sugieren una interpretación distinta: la representación de un judío, sedente "al estilo moro", con las manos aferrando sus propios pies en una postura de introspección o cautiverio. Sea cual sea su origen, para el pueblo de Jaén siempre ha sido, simplemente, "La Mona".


Una representación artística de la escultura sedente, conocida popularmente como "La Mona", que vigila desde el muro gótico de la Catedral de Jaén y cuya verdadera identidad —ya sea un Bafomet o un judío— sigue siendo objeto de debate
El desafío del zagal.

La Leyenda: El Desafío de la Inocencia.

La historia que hoy nos ocupa nos traslada a las postrimerías del siglo XIX. En aquella época, la sombra de la Mona proyectaba un terror real sobre la Plaza de San Francisco. Los adultos evitaban cruzar su mirada y los niños, advertidos por sus mayores sobre un encantamiento maléfico, rehuían aquel rincón como si el aire mismo estuviera emponzoñado.

Pero la curiosidad y la arrogancia juvenil suelen ser más fuertes que el miedo. Una tarde, un grupo de niños decidió que era hora de probar su valor. Entre susurros de bravuconería, descendieron hacia la plaza ante el estupor de los transeúntes, quienes se santiguaban o desviaban la ruta para no rozar la influencia de la imagen demoníaca.


El Acto de Profanación.

Lo que comenzó como un juego de nervios terminó en una exhibición de insolencia. Los niños, desoyendo los ruegos de las gentes que temían por sus vidas, pasaron una y otra vez bajo la silueta de piedra. Los insultos y gestos soeces volaron hacia la altura, desafiando el silencio del monumento.

Días después, la soberbia exigió un tributo mayor. Ante una audiencia de escépticos y admiradores que observaban desde una distancia prudencial para evitar la maldición, el líder del grupo —el más envalentonado de todos— decidió inmortalizar su nombre a través de la violencia.

Tomó varias piedras del suelo y, con una puntería certera y funesta, lanzó un proyectil que impactó directamente en el rostro de la escultura, mutilando la nariz del judío de piedra.


Esta escena captura el momento de dolor absoluto tras el fallecimiento del niño, cuya vida se extinguió al amanecer después de sufrir convulsiones inexplicables por haber profanado la escultura.
El Silencio del Alba: El Luto tras la Maldición de la Mona.

El Precio de la Osadía.

El silencio que siguió al impacto fue sepulcral. No fue la piedra lo que asustó a los presentes, sino lo que ocurrió minutos después. El joven agresor comenzó a palidecer; un sudor frío perló su frente y los primeros escalofríos sacudieron su cuerpo con una violencia antinatural.

Lo que siguió fue una noche de agonía que ningún médico pudo mitigar. Los ungüentos eran inútiles contra una fiebre que parecía brotar del alma, y los medicamentos no alcanzaban a calmar las convulsiones que hacían gritar al niño entre las sábanas.

Al despuntar el alba, el silencio regresó a la casa, pero ya no era el silencio del sueño, sino el de la tragedia. Los gritos de dolor se transformaron en los sollozos desgarradores de una madre que contemplaba el cuerpo inerte de su hijo. La Mona, allá en lo alto de la Catedral, conservaba su nariz rota y su mirada severa, recordándole a Jaén que hay secretos de piedra que es mejor no despertar.


La próxima vez que pasees bajo los muros de la Catedral de Jaén, detente un instante y busca la mirada de piedra de La Mona. ¿Crees que fue una simple coincidencia médica o que la maldición del siglo XIX sigue vigente en sus rasgos mutilados? Déjanos tu opinión en los comentarios y comparte este relato con quienes aún se atreven a desafiar lo desconocido.



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