El Palacio de los Cobaleda Nicuesa: Un viaje de piedra y sombras frente a la Catedral.
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| Fachada renacentista del Palacio de los Cobaleda Nicuesa en Jaén. |
Cierra los ojos por un instante, amigo lector, y deja que el
bullicio de los coches en la calle Ramón y Cajal se desvanezca. Imagina, en su
lugar, el rítmico chocar de los cascos de un caballo sobre el empedrado y el
olor a cera que escapa de los grandes portalones de madera. Estamos frente al Palacio
de los Cobaleda Nicuesa, un gigante que no solo guarda tesoros, sino que
respira la memoria de cinco siglos.
Este no es un edificio cualquiera; es un testigo mudo que ha visto a Jaén transformarse desde que, allá por el siglo XV, los primeros Cobaleda decidieron que su linaje merecía un trono de piedra. Eran hombres de acero y fe, como el maestre Cristóbal de Cobaleda, cuya vida imagino llena de mapas, pólvora y ese amargo anhelo de su tierra mientras sufría cautiverio en Argel. ¿Cómo debió ser para él soñar con estos muros desde la otra orilla del mar?
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| Escultura de los tenantes en el balcón principal del Palacio. |
El susurro de Vandelvira y la danza de los canteros.
Si abres los ojos y miras la fachada, verás algo más que
sillería. Verás una coreografía de cinceles que trabajaron sin descanso entre 1602
y 1613. Aunque el gran maestro Vandelvira ya era leyenda, su espíritu
seguía allí, dictando la simetría y la elegancia a discípulos de la talla de Sebastián
de Solís o Diego de Ladera.
Fíjate bien en esos dos guerreros de piedra —los tenantes—
que custodian el balcón. Parecen cansados, ¿verdad? Llevan siglos sosteniendo
el escudo de don Jorge Joaquín Serrano de Valdivia. Imagina a los
canteros de la época, sudorosos bajo el sol de Jaén, tallando cada pliegue de
sus capas y cada músculo de sus brazos de roca para que nosotros, hoy, podamos
sentir el peso de esa nobleza que se resiste a morir.
La Casa del Deán: Entre el cabildo y la alcoba.
Hubo un tiempo en que el palacio cambió el estruendo de las
armas por el silencio de los breviarios. Fue cuando se le conoció como la "Casa
del Deán". Imagina a don Diego Escobedo y Serrano, deán del
Cabildo de la Catedral, dando un paseo cercano para recogerse en la paz de su
hogar tras los largos oficios en el templo mayor.
Me gusta pensar en el Deán paseando por la caja de la
escalera, con su capa negra rozando los peldaños, mientras planeaba quizás
alguna mejora para la Catedral o se perdía en sus pensamientos teológicos. Bajo
su tutela, el palacio adquirió un aire de solemnidad eclesiástica; era el
puente perfecto entre el poder terrenal de la nobleza y el poder divino que
emanaba de las torres gemelas que nos vigilan.
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| Herrajes históricos: Manillón de bronce en el Palacio de los Cobaleda Nicuesa. |
De las anillas de hierro a las logias secretas.
Me gusta llamarla la "Casa de los Manillones",
como hacían nuestros abuelos. Casi puedo ver a los arrieros y caballeros
lazando sus riendas en esas argollas de hierro, mientras el palacio mudaba su
piel noble por una más audaz.
En el siglo XIX, el aire cambió. Imagina ahora el interior
iluminado por lámparas de aceite, con el banquero Manuel Jontoya Taracena
moviendo los hilos de la política liberal. El palacio se convirtió en la "Casa
de los Masones". ¿Cuántos secretos se habrán susurrado tras esas
ventanas sobre la Revolución de 1868? El eco de aquellas conspiraciones parece
habitar aún en las columnas de forja del patio, recordándonos que este lugar
fue el motor de una España que despertaba.
Un refugio de arte entre patios de bambú.
La historia, amigo mío, es también una cuestión de afecto. Y
el palacio tuvo la suerte de caer en las manos de la familia Bonilla.
Imagina a don José Antonio de Bonilla y Mir, rodeado de legajos antiguos
y lienzos de Alonso Cano, cuidando cada rincón como quien protege un nido.
Gracias a ellos, hoy podemos intuir maravillas como el Oratorio de Nuestra
Señora de Belén, esa joya barroca de 1701 conocida también como el
"Beaterio de la hija del Virrey del Perú". Imagina la luz filtrándose
por la cúpula, iluminando las yeserías policromadas de ángeles y frutos
exóticos que parecen querer hablarnos de mundos lejanos. Y si caminas un poco
más allá, el palacio te regala un respiro inesperado: el Patio del Bambú.
Es un rincón casi onírico, donde el agua de la fuente de piedra arrulla un
jardín oriental que parece no entender de tiempos ni de guerras, aunque su bodega
—ese vientre inmenso de la casa— sirviera de refugio cuando el cielo de Jaén se
llenó de nubes oscuras durante la contienda civil.
Aunque hoy el palacio guarda su intimidad como residencia
privada, aún nos permite asomarnos a su alma en visitas semanales, dejándonos
recorrer su patio principal o esa escalera de aires rococó que parece diseñada
para que las damas de antaño lucieran sus mejores galas.
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| Altar y retablo de la capilla del Palacio Cobaleda Nicuesa. |




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