El aliento del frío en la Fuente de la Peña: La noche que el espanto se hizo carne.


mujeres lavando en la fuente de la peña, jaen
Mujeres lavando en la Fuente de la Peña, Jaén.


Hay lugares en nuestro Jaén que guardan un silencio distinto, un silencio que no es ausencia de ruido, sino una presencia que observa. Me contaba mi abuelo, con la voz baja y el respeto de quien sabe que las sombras tienen memoria, que no siempre el agua de la Fuente de la Peña trajo consuelo. A los pies de ese cerro que vigila el barrio de la Glorieta, donde hoy el asfalto devora los pasos, existió un tiempo de carros, mulas y una oscuridad tan densa que se podía palpar con las manos.

Imagino aquel año de 1906, con los lavaderos recién estrenados, oliendo a jabón de tajo y a esfuerzo. Pero la noche es otra historia. Cuando el sol se esconde tras la Sierra de la Pandera, el paraje se vuelve un escenario donde lo que no debe ser, sucede.


De pronto, un sonido rompió la armonía de los grillos: el llanto desolado de un niño.

De pronto, un sonido rompió la armonía de los grillos: el llanto desolado de un niño.



Un llanto en la penumbra del camino.

Todo comenzó con el eco de un lamento. Un arriero, hombre de piel curtida por el sol de los olivares y corazón templado en mil trayectos entre Los Villares y la capital, regresaba a casa bajo la mirada de una luna plateada. Dicen que las mulas, más sabias que el hombre para lo invisible, ya orejeaban con nerviosismo al acercarse a la fuente.

De pronto, un sonido rompió la armonía de los grillos: el llanto desolado de un niño.

¿Quién podría abandonar a una criatura en mitad de la noche? El arriero, movido por esa compasión antigua de los hombres de campo, detuvo su recua. Me lo imagino bajando del pescante, buscando entre las zarzas y el murmullo del agua, hasta dar con un pequeño, apenas un chiquillo de dos o tres años, que tiritaba en la sombra. Lo tomó en brazos —pesaba poco, dicen, apenas un soplo— y lo acomodó sobre el lomo de una de sus mulas, cubriéndolo con una manta para protegerlo del relente de la noche jiennense.


El arriero, cogió en su regazo al niño.

El peso de lo imposible y la pregunta que hiela la sangre.

El viaje continuó, pero la atmósfera se volvió pesada, cargada de un frío que no era meteorológico. Al llegar a las primeras casas de San Felipe, allí donde la ciudad empieza a apretarse, las mulas empezaron a flaquear. Sus patas temblaban, el sudor les corría por el lomo y sus resoplidos eran de puro agotamiento, como si en lugar de un niño, cargaran con una mole de granito.

El hombre, extrañado y con un nudo en el estómago, giró la cabeza. Lo que vio no era el niño que había rescatado.

La manta se había deslizado para revelar algo que desafía cualquier lógica. La figura había crecido, se había desparramado sobre la bestia con una corpulencia antinatural. Donde antes había un rostro infantil, ahora había una fisonomía monstruosa, ojos que brillaban con un fuego fatuo y una boca que se abría en una mueca imposible.

Aquel espectro, con una voz que parecía venir de lo más profundo de la tierra, le mostró una hilera de colmillos amarillentos y afilados, lanzándole la pregunta que aún hoy hace que los vecinos cierren sus ventanas al oírla:

"¿Tienes dientes como yo?"


al ver semejante ser, huye despavorido, por las calles de Jaén
¿Tienes dientes como yo?

El rastro del miedo en el Santo Reino.

El pánico es un fuego que devora la valentía. El arriero, aquel hombre curtido en mil batallas, no esperó respuesta. Saltó al camino, dejando atrás mulas, carga y razón. Corrió como si el mismísimo diablo le pisara los talones, santiguándose a cada paso, con el corazón queriendo salírsele del pecho mientras se adentraba en el laberinto de calles de Jaén.

A la mañana siguiente, las mulas aparecieron desperdigadas, exhaustas y con una mirada de terror que tardó días en desaparecer. Del "niño" no quedó ni el rastro, solo el eco de una carcajada que algunos dicen que todavía se escucha en las noches de viento cerca de la Fuente de la Peña.

Esta historia nos recuerda que, bajo la capa de modernidad de nuestra ciudad, laten misterios que no quieren ser resueltos. La Fuente de la Peña sigue ahí, manando agua viva, pero… ¿quién se atreve hoy a detenerse si escucha un llanto al pasar?


¿Habías escuchado alguna vez esta leyenda caminando por las afueras de Jaén? ¿Crees que hay lugares que retienen la energía de lo que allí ocurrió? Me encantaría leer tus impresiones o si conoces otra versión de este relato. ¡Déjame un comentario y comparte este artículo con tus amigos amantes del misterio para que la tradición de nuestro Santo Reino siga viva!


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