El guardián de la memoria de Jaén: Tras los pasos de Alfredo Cazabán y el eco de Don Lope de Sosa.
A veces, cuando el sol de la tarde se rinde sobre las
crestas de Sierra Mágina y la luz dorada baña los olivares, uno no puede evitar
imaginar a un hombre de gesto pausado y mirada curiosa recorriendo las calles
empedradas de la capital. Me gusta pensar en él, no como el busto de bronce o
el nombre de una calle, sino como aquel niño que nació en Úbeda una primavera
de 1870, cargando ya en sus venas la elegancia francesa de su padre y la raíz
profunda de su madre ubetense. Alfredo Cazabán Laguna no solo escribió
la historia de Jaén; él la sintió latir bajo sus pies y la rescató del olvido
con la paciencia de quien sabe que las piedras, si se escuchan con atención,
siempre tienen algo que contarnos.
El despertar de un maestro entre los cerros de Úbeda.
Dicen los que saben de historias antiguas que la infancia
marca el pulso de toda una vida. Imagino al joven Alfredo en los patios de los
Escolapios, viendo cómo la fortuna familiar se desvanecía como la niebla
matutina, pero encontrando en los libros un tesoro que nadie podría
arrebatarle. Su formación como maestro no fue solo un título; fue el germen de
su vocación por enseñar a los jiennenses a amar su propia tierra.
Al trasladarse a Jaén, la ciudad del Santo Rostro lo adoptó
como a un hijo predilecto. Allí, entre legajos de la Diputación y los salones
de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, empezó a tejer una red de
conocimiento que abrazaría a toda la provincia. Me pregunto cuántas noches
pasaría a la luz de un quinqué, traduciendo el silencio de los archivos en
crónicas que hoy son nuestro mayor patrimonio.
La pluma que dio voz al Santo Reino: "Don Lope de Sosa".
El nacimiento de una leyenda periodística.
Si hubo un hito que consagró a Cazabán como el cronista
eterno, fue sin duda la fundación de la revista "Don Lope de Sosa".
Es imposible hablar de la identidad de Jaén sin hojear sus páginas. Imagino la
imprenta en plena ebullición, el olor a tinta fresca y el entusiasmo de Alfredo
al ver plasmados sus más de mil artículos. No era solo periodismo; era un acto
de amor romántico hacia el arte, las costumbres y las tradiciones que se
escapaban entre los dedos de la modernidad.
Gracias a su pluma, el Jaén de principios del siglo XX cobró
vida: desde las leyendas del Lagarto hasta los detalles más ínfimos de nuestros
monumentos. No es extraño que en 1904 se le otorgara el título de Cronista
Oficial de la Provincia. Él era el vigía de nuestra memoria, el hombre que
lograba que el lector de La Vanguardia o Blanco y Negro girara la
vista hacia este rincón del sur, tan rico y a veces tan injustamente callado.
Entre la luz pública y las sombras del hogar.
Pero detrás del gran historiador, del académico de la Real
Academia de la Historia y de las Bellas Artes de San Fernando, habitaba un
hombre marcado por la tragedia. La vida, tan generosa en honores, fue esquiva
en la dicha familiar. Siempre que leo sobre su primera esposa, María Tremedad,
y la pérdida de sus primeros hijos, siento un nudo en la garganta. ¿Cómo pudo
aquel hombre seguir escribiendo con tanta belleza mientras el luto visitaba su
casa?
Quizás fue su segundo matrimonio con Rosa Náger lo que le
devolvió el aliento. Sus hijos Alfredo, Elvira y Trinidad fueron, seguramente,
el motor que le permitió seguir al frente del Museo Provincial, renovándolo y
dándole la dignidad que merecía. Su resiliencia es, quizá, su lección más
humana: la capacidad de transformar el dolor personal en un legado público
eterno.
El adiós en la Calle Ancha y un legado que no muere.
El 14 de enero de 1931, el aire de Jaén se volvió un poco
más frío. Se marchaba el hombre, pero nacía el mito. Me detengo a veces ante la
placa de su casa en la calle Muñoz Garnica, la mítica "Calle
Ancha", e intento visualizar el trasiego de aquellos días. ¿Qué
pensaría Don Alfredo al ver que hoy, casi un siglo después, los investigadores
siguen compitiendo por el premio que lleva su nombre?
Desde su retrato en el Museo Provincial, pintado por José María Tamayo, Cazabán nos sigue observando con esa serenidad de quien ha cumplido con su deber. Fue Caballero de la Legión de Honor de Francia, pero para nosotros siempre será el maestro que nos enseñó a mirar Jaén con ojos de asombro. Su nombre en las escuelas y en las calles no es solo un homenaje; es un recordatorio de que un pueblo que no conoce su historia está condenado a la orfandad.
Cada vez que paseamos por nuestras calles o leemos una vieja
crónica, Alfredo Cazabán vuelve a caminar entre nosotros. Su pasión por Jaén
fue tan inmensa que logró detener el tiempo en sus escritos. ¿Conocías la
figura de este ilustre cronista o has leído alguna vez sus relatos en "Don
Lope de Sosa"? Me encantaría saber qué parte de nuestra historia te
apasiona más.
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artículo para que la memoria del Cronista Cazabán siga viva en cada rincón del
Santo Reino!



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