Un viaje ante la Puerta del Perdón.
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| La lección de fe de la fachada principal. |
Cierro los ojos y casi puedo escuchar el eco de los pasos
sobre el empedrado, ese sonido seco y rítmico de quien busca consuelo. Me
contaron una vez que hubo un tiempo en que la fe no se explicaba, se sentía en
el frío del granito y en la altura de las torres que arañaban el cielo. Dicen
que detenerse ante la fachada de nuestra Catedral no es solo mirar un edificio,
es asistir a una lección de piedra que ha sobrevivido al olvido.
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| La Puerta del Perdón. |
La tríada de la fe: Entre el Clero y los Fieles.
Al situarnos frente a la majestuosa fachada principal, el
corazón parece marcar un compás diferente. Allí, en el centro absoluto, se alza
la Puerta del Perdón. Es imponente, casi soberbia en su humildad,
custodiada por dos entradas menores que parecen abrazarla: a su derecha, la Puerta
de los Fieles, y a su izquierda, la Puerta del Clero.
Me gusta imaginar la jerarquía de otros siglos; cómo el
pueblo llano cruzaba el umbral de los fieles con el sombrero en la mano y el
alma en vilo, mientras el clero se deslizaba por su entrada lateral, envuelto
en el aroma a incienso y el roce de las sotanas. Tres accesos para un mismo
destino, pero solo uno reservado para el misterio y la solemnidad absoluta.
Guardianes de piedra y columnas de principios.
Si uno aguza la vista, verá que la Puerta del Perdón no está
sola. La custodian San Pedro y San Pablo, alojados en sus hornacinas
como centinelas eternos que vigilan a quien se atreve a soñar con cruzar ese
umbral. Se encuentra enclavada entre cuatro columnas que no son solo soporte,
sino el símbolo vivo de los principios de la fe.
¿Qué se sentirá al estar allí el día en que los pesados
goznes ceden?
Esa puerta tiene un carácter esquivo; solo se abre en
momentos de gran solemnidad o durante los años de jubileo. Es como si la piedra
misma supiera que el perdón no es algo que deba entregarse a la ligera, sino un
tesoro que se gana tras una larga espera.
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| Guardianes del cielo: San Fernando y los Evangelistas. |
El balcón del Santo Rostro: El epicentro de la esperanza.
Sobre el arco, la mirada se eleva hacia un relieve que narra
la Asunción de la Virgen María, pero es justo encima donde el alma se
sobrecoge. Allí se encuentra el balcón del Santo Rostro. Es más grande
que los demás, más ambicioso, casi parece asomarse a la plaza para buscar a la
multitud.
Cuentan los más viejos que, en días de Viernes Santo o en la
festividad de la Asunción, el silencio se hacía tan denso que podía cortarse.
Desde ese balcón se impartían las bendiciones, mostrando la sagrada reliquia de
la Santa Faz. Imagino el brillo de los ojos de miles de fieles, el
suspiro colectivo al ver el paño sostenido por dos ángeles tallados en piedra,
eternizados en el dintel en un esfuerzo celestial por mantener viva la imagen
de Cristo.
San Fernando y los cronistas del cielo.
Finalmente, si alzamos la vista hacia la balaustrada
superior, recortada contra el azul del cielo, nos encontramos con San
Fernando. El rey santo no está solo; lo escoltan los cuatro evangelistas,
como si el tiempo hubiera decidido congelar una reunión eterna. A la izquierda,
San Mateo y San Juan; a la derecha, San Lucas y San Marcos. Cuatro plumas que
escribieron la historia y un rey que la defendió, todos ellos observando desde
lo alto el devenir de una ciudad que cambia, pero que siempre vuelve su mirada
a la piedra.
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| La Catedral de Jaén: El faro de piedra de la ciudad. |
Este rincón de nuestra geografía no es solo arquitectura; es
el eco de nuestras raíces y el consuelo de quienes nos precedieron. ¿Alguna
vez te has detenido frente a la Puerta del Perdón y has sentido ese peso de la
historia sobre tus hombros? ¿Qué sentiste al imaginar el Santo Rostro asomado
desde su balcón?
Me encantaría leer tus recuerdos o lo que te han contado
sobre este lugar mágico. Comenta aquí abajo y comparte este artículo con
aquellos que, como nosotros, aún guardan un trocito de nostalgia en el corazón.




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