Historia y nostalgia de la Cruz del Castillo de Santa Catalina: El centinela que abraza el cielo de Jaén


Ilustración detallada de la gran cruz de hormigón que corona el cerro del Castillo de Jaén. Se muestra la estructura sobre su pedestal, rodeada por una barandilla de hierro en el mirador. Los trazos son delicados, con sombras tenues que dan volumen a la cruz frente a un horizonte despejado donde se perfilan las siluetas de las montañas lejanas.
 Memoria de una hazaña convertida en el faro espiritual de todos los jiennenses.

A veces, cuando el viento de la sierra sopla con esa fuerza limpia que solo se siente en las alturas de Jaén, parece que el tiempo se detiene. Me han contado, y así lo he leído en viejos legajos que huelen a historia viva, que hubo un día de primavera, allá por 1246, en el que el destino de esta tierra cambió para siempre. Imagino a Fernando III el Santo, con la armadura aún tibia por el sol de mayo, contemplando el horizonte desde lo más alto del cerro tras la rendición de la ciudad.

Dicen que el capitán de sus tropas, en un arrebato de victoria y posesión, hundió su espada en la roca viva. Pero el Rey, con esa mirada que busca más allá del acero, ordenó que el arma fuera sustituida por un madero. No quería un símbolo de guerra, sino un faro de fe que vigilara la ciudad desde las nubes. En ese gesto, la espada se hizo cruz y el hierro se hizo oración.


Ilustración de estilo histórico que representa a un caballero medieval con armadura, cota de malla y una capa ocre, clavando su espada en la roca de una cumbre. Al fondo, se divisa una panorámica de la ciudad de Jaén antigua y sus campos de olivos bajo un cielo suave de atardecer. El caballero tiene una cruz roja en su pecho, simbolizando la época de la Reconquista por Fernando III el Santo.
El origen de un símbolo: la espada que, al hundirse en la roca, regaló a Jaén su primera cruz.

El mandato de las Clarisas y el azote del viento.

Aquella primera cruz de madera no lo tuvo fácil. Imaginen por un momento a las monjas franciscanas clarisas, custodias por mandato real de aquel símbolo. Imaginen sus manos curtidas por el frío, intentando mantener en pie un madero que el viento del cerro, caprichoso y feroz, se empeñaba en derribar una y otra vez. Era una lucha desigual entre la fragilidad de la madera y la furia de los elementos.

Esa lucha entre la devoción y la naturaleza duró siglos. La madera cedió ante el hierro, y el hierro ante la piedra, hasta que en 1840, ante la imposibilidad de las religiosas de seguir subiendo a la cumbre por la falta de medios, el testigo pasó a la familia de Don José Balguerías Brunet. Es hermoso pensar en ese compromiso familiar, en ese pacto silencioso de que a Jaén nunca le faltara su cruz, un compromiso que culminó en octubre de 1951 con la donación de la imponente estructura de hormigón armado que hoy todos reconocemos.


Un poema grabado en las entrañas de la roca.

Pero la Cruz de Santa Catalina no es solo hormigón y altura; es alma literaria. Si uno se acerca a su base y baja la vista, encontrará la roca grabada con los versos de Antonio Almendros Aguilar. Es imposible no sentir un escalofrío al leer su famoso soneto, cincelado allí desde 1916, bajo el mismo cielo que lo inspiró. La pieza describe con una solemnidad casi mística el sacrificio y la elevación de este signo:

“Muere Jesús del Gólgota en la cumbre

con amor perdonado el que le hería;

siente deshecho el corazón María

del dolor de la inmensa pesadumbre.

Se aleja con pavor la muchedumbre

cumplida ya la santa profecía;

tiembla la tierra; el luminar del día

cegando a tanto horror, pierde su lumbre.

Se abren las tumbas, se desgarra el velo

y a impulsos de amor, grande y fecundo,

parece estar la cruz, signo de duelo,

cerrando, augusta, con el pie el profundo,

con la excelsa cabeza abriendo el cielo

y con los brazos abarcando al mundo.”


Ilustración artística de la Cruz del Castillo de Santa Catalina en Jaén, situada sobre un risco rocoso con vegetación de pinos. Al fondo, se extiende una vista neblinosa y poética del mar de olivos y las montañas de la Sierra Sur. La obra utiliza tonos verdes, grises y ocres suaves sobre un papel de grano grueso, capturando la atmósfera serena de las alturas de la ciudad.
Centinela de cemento y aire, la Cruz observa el infinito mar de olivos que abraza a Jaén.


Desde la base de esta cruz, se domina visualmente cada rincón de nuestra existencia jiennense. El paisaje se despliega como un tapiz donde la sierra, la huerta y la campiña se funden en un solo abrazo. Es una vivencia que te hace sentir pequeño ante la historia, pero eterno al formar parte de ella. La cruz sigue allí, imperturbable, recordándonos que, como dice el poema, sigue abarcando al mundo desde su privilegiada atalaya.


¿Y tú? ¿Qué sientes cada vez que levantas la vista y ves la cruz recortada contra el cielo de Jaén? ¿Cuál es tu recuerdo más especial en ese cerro? Me encantaría que me lo contaras en los comentarios y que compartieras esta historia para que nadie olvide al gigante que nos vigila.



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