El enigma tras las siete llaves: El Santo Rostro y el alma de Jaén.
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| La suntuosidad del oro y las gemas abraza la sencillez del paño del Santo Rostro. |
A veces, cuando el sol de la tarde comienza a declinar sobre
los tejados de Jaén y las sombras de la Catedral se alargan como dedos antiguos
sobre la Plaza de Santa María, uno no puede evitar preguntarse qué sintieron
aquellos que, siglos atrás, cruzaron el mismo umbral en busca de un milagro. Me
contaron una vez, entre susurros de café y frío de invierno, que entrar en la
Catedral no es solo entrar en un templo, sino en un inmenso cofre de piedra
diseñado para guardar un solo secreto: la mirada de Dios.
Un lienzo tejido con hilos de leyenda y devoción.
Cuentan las crónicas y así lo recrea la memoria de nuestros
mayores, que aquel pedazo de lino no es una pintura, sino un suspiro detenido
en el tiempo. Imagino a Santa Marcela, a quien todos llamamos la Verónica, en
medio del estrépito de la Vía Dolorosa. En un gesto de humanidad pura, casi
desesperado, ofrece su velo para limpiar el sudor y la sangre de un hombre
condenado. Al retirar la tela, el milagro: tres pliegues, tres rostros. Uno de
ellos, dicen, es el que hoy duerme en nuestro "Santo Reino".
Pero, ¿cómo llegó aquí? La historia se vuelve brumosa y
fascinante. Algunos hablan del obispo Nicolás de Biedma en el siglo XIV,
trayendo consigo el tesoro de tierras lejanas. Otros prefieren la leyenda del
obispo que, a lomos de un diablo burlado, voló hasta Roma para salvar el alma
de un Papa y regresó con la reliquia bajo el brazo como trofeo de gratitud. Sea
como fuere, el Santo Rostro no eligió Jaén por azar; se quedó para otorgarnos
una identidad que trasciende lo terrenal.
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| Tradición y fe se elevan: la bendición desde los balcones. |
El brillo de los siglos tras el cristal.
Hablar del Santo Rostro es hablar de un arte que hiere de
belleza. Me detengo a pensar en el orfebre José Francisco de Valderrama, allá
por el siglo XVIII, engarzando con manos temblorosas los rubíes, las esmeraldas
y los diamantes que hoy custodian el lienzo. Cada piedra parece una lágrima de
luz.
Es sobrecogedor imaginar el peso de esa historia: un marco que brilla con la herencia de marquesas y el fervor de reyes, desde Felipe II hasta las visitas más contemporáneas. Sin embargo, nada iguala la sensación de saber que, tras ese despliegue de joyas, habita una tabla humilde de 22 por 30 centímetros. Un rostro bizantino, oscuro y profundo, que parece observarte desde el otro lado de la eternidad.
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| La Capilla Mayor: un escenario grandioso para el relicario más venerado de Jaén. |
El ritual de los viernes y el latido de un pueblo.
Para un jiennense, el viernes no es un día cualquiera. Es el
día en que la caja fuerte se abre, las llaves giran y el "Señor" se
muestra. He visto a ancianos con la mirada empañada acercarse a la Capilla
Mayor, repitiendo un gesto que sus abuelos ya hacían. Es una conexión invisible
que nos une a través de las generaciones.
Y qué decir de esos días señalados, como el de la Asunción o
el Viernes Santo, cuando el obispo asoma a los balcones de la Catedral. En ese
instante, el tiempo se detiene. El Santo Rostro sale al aire libre, bendiciendo
los campos de olivos que se pierden en el horizonte. Es como si la ciudad
entera contuviera el aliento, reconociéndose en esa reliquia que sobrevivió
incluso a un exilio en París durante los años oscuros de la Guerra Civil, para
volver a casa en 1940 y recordarnos quiénes somos.
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| El Santo Rostro, un misterio de fe y arte custodiado por ángeles en la Catedral de Jaén. |
Un relicario de piedra hacia el Patrimonio de la Humanidad.
Hoy, la UNESCO mira nuestra Catedral no solo como una joya
renacentista de Vandelvira, sino como el estuche perfecto para esta reliquia.
La Catedral de Jaén fue concebida para esto: para que cada columna y cada
bóveda elevaran el culto al Santo Rostro hacia lo universal. No es solo piedra
y mortero; es el reflejo de una fe que ha moldeado la arquitectura de nuestra
vida.
Caminar por las naves de la Catedral es sentir el peso de
los siglos y la calidez de una historia que nos pertenece a todos. Pero ahora
me gustaría escucharte a ti: ¿Has sentido alguna vez esa vibración especial
al estar frente al Santo Rostro? ¿Qué leyendas te contaban tus abuelos sobre
las "siete llaves"?
Déjanos tu comentario aquí abajo y comparte este artículo
con aquellos que, como nosotros, llevan el orgullo del Santo Reino en el
corazón. ¡Hagamos que nuestra historia vuele alto!




He encontrado en la iglesia de La Aldehuela de Liestos (Zaragoza) un cuadro del siglo XVIII que relata la leyenda de San Eufrasio. El santo en el centro, a su izquierda su finca y un diablo que lleva sobre él a Eufrasio, a su derecha el santo dialoga con los diablillos de la redoma. Se va publicar en breve un libro sobre la iglesia en la Institución Fernando el Católico de la Diputación Provincial de Zaragoza.
ResponderEliminarDentro de poco verá la luz un libro escrito por mí sobre la iglesia de la Aldehuela de Liestos en la provincia de Zaragoza. Allí se encuentra un lienzo de San Eufrasio en el que en dos breves escenas a los lados de la imagen central del santo, se nos cuenta la leyenda del santo y el santo Rostro. Preciosa. Contactar si queréis más información: carloslasierra@gmx.es
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