El Torreón del Conde de Torralba: El último centinela de la Carrera de Jesús en Jaén.
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| Torreón del Conde de Torralba en Jaén. |
Resulta inevitable, al caminar por la Carrera de Jesús, sentir un ligero escalofrío que no pertenece
al viento. Es la presencia de la piedra vieja, esa que guarda el eco de los
pasos que ya no están. Si uno aguza el oído, casi puede escuchar el roce de las
capas de los nobles de antaño o el tintineo de las llaves de los recaudadores.
Allí, irguiéndose con la dignidad de quien se sabe superviviente, nos aguarda
el Torreón del Conde de Torralba, un baluarte que es, a la vez, escudo
de la ciudad y ventana a nuestra memoria más profunda.
Un superviviente en la ciudad de las murallas perdidas.
Hubo un tiempo en que Jaén era un laberinto de lienzos y
almenas. Sin embargo, el siglo XIX, con su ansia de modernidad y aire renovado,
derribó los muros que nos abrazaron durante centurias. Pero este torreón,
robusto y testarudo, se negó a caer. Construido entre los estertores del siglo
XIV y los albores del XV, esta pieza del patrimonio fortificado giennense
se mantiene en pie como un testigo mudo de la transición del medievo al
renacimiento.
Su nombre actual es un murmullo de grandeza desaparecida.
Heredó el título del Palacio del Conde de Torralba, aquella mansión
señorial del siglo XVI que se acurrucaba a sus espaldas. Me detengo un instante
frente a su mole de piedra y no puedo evitar imaginar los jardines de los
condes, hoy transformados en el patio del Colegio Santo Tomás. Donde
antes se paseaban linajes de rancio abolengo, hoy resuenan las risas de los
niños, un contraste que solo una ciudad con la solera de Jaén puede ofrecer con
tanta naturalidad.
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| El umbral del centinela de piedra. |
Arquitectura de un gigante: Sillería y secretos.
Si nos acercamos a sus muros, la sillería nos habla de una
ingeniería pensada para la eternidad. Con una planta de casi siete metros y una
altura que desafía el horizonte con sus 17 metros, el torreón es un
prodigio de robustez.
Al traspasar sus puertas de arcos apuntados, el ambiente
cambia. La luz se vuelve escasa, tamizada por las antiguas saeteras que
antaño buscaban al enemigo extramuros. Los condes, en un alarde de comodidad
doméstica, transformaron una de esas aberturas defensivas en una ventana,
permitiendo que la luz de la ciudad entrara en la intimidad de su refugio.
Es fascinante subir por la escalera integrada en el muro,
sintiendo la estrechez del espacio, hasta llegar a la azotea. Allí, el tiro de
una vieja chimenea nos recuerda que, tras los muros de defensa, también hubo
hogar, fuego y confidencias en las noches de invierno jiennense.
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| El torreón entre susurros escolares. |
Curiosidades y la mano del maestro Berges.
Uno de los detalles que más cautiva al visitante curioso es
el escudo heráldico que preside el acceso suroeste. Un oso, con una
cabeza humana entre sus fauces, nos observa con una ferocidad pétrea. Es un
"viajero" del tiempo, pues no nació aquí; fue rescatado de la calle
San Andrés y colocado en este lugar para salvarlo del olvido, convirtiéndose
hoy en el símbolo indiscutible del torreón.
Debemos la lozanía que hoy luce el monumento a la maestría
de Luis Berges Roldán. El arquitecto giennense, en sus intervenciones de
1973 y 1986, no solo consolidó la torre, sino que rescató casi 30 metros de la
muralla original, devolviéndonos la perspectiva de lo que fue aquel cinturón de
piedra que protegía nuestro Santo Rostro.
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| El abrazo de la piedra: El Torreón y la Catedral. |
Del acueducto romano al salón de actos.
A los pies del baluarte, donde hoy el asfalto domina la
escena, se encontraba la Fuente del Cañuelo de Jesús. Imagino a las
aguadoras y a los vecinos congregados allí, abasteciéndose de las aguas que un
día viajaron por un acueducto romano. Hoy, el destino ha querido que la base de
esta torre defensiva sea el salón de actos de un colegio, integrando la historia
bélica en el corazón de la educación.
El Torreón del Conde de Torralba no es solo un monumento; es
el nexo de unión entre la Catedral de Jaén, el Camarín de Jesús y
nuestra identidad. Es el recuerdo de que, aunque las murallas caigan, el alma
de una ciudad siempre encuentra una piedra donde agarrarse para no desaparecer.
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| Arcos que guardan el paso del tiempo. |
¿Qué recuerdos tienes de este rincón de la Carrera
de Jesús? ¿Alguna vez te has detenido a observar el oso del escudo o has
imaginado cómo era el palacio desaparecido? Cuéntanos tu historia en los
comentarios y ayúdanos a que la memoria de Jaén siga viva compartiendo este
artículo.





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