El Sagrario de Jaén: El refugio de piedra que el terremoto no pudo doblegar.
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| Ilustración de la fachada de la Iglesia del Sagrario, Jaén. |
A veces, cuando el sol de la tarde hiere los costados de la Catedral
de Jaén, resulta inevitable cerrar los ojos e imaginar el pavor de aquel 1
de noviembre de 1755. El suelo tembló bajo el pulso del Gran Terremoto de
Lisboa y los cimientos del ángulo noreste de nuestra Seo crujieron, amenazando
con venirse abajo. Lo que hoy admiramos como la Iglesia del Sagrario no
nació solo del fervor religioso, sino de la pura necesidad de sostener el cielo
que se nos caía encima.
Es una joya de orden y geometría, un remanso de paz
neoclásica que parece susurrar historias de arquitectos ilustres y canteros
que, con el sudor de la piedra del Mercadillo, levantaron un muro contra el
olvido.
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| Un espacio de luz y orden, joya oculta del patrimonio jiennense. |
El sueño de Ventura Rodríguez: Curvas de luz y razón.
La historia del Sagrario es la historia de una ambición
estética. En una ciudad acostumbrada al renacimiento sublime de Vandelvira, la
llegada de Ventura Rodríguez supuso un soplo de aire fresco e ilustrado.
El director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando proyectó aquí,
por primera vez en Jaén, una planta central elíptica.
Es una danza de curvas que rompe con la rigidez de la línea
recta. Tras su muerte, fue su sobrino Manuel Martín Rodríguez quien
recogió el testigo para culminar las obras en 1801. Al caminar por su pórtico,
uno siente que ha abandonado el bullicio de la Carrera para entrar en un templo
donde el tiempo se detuvo cuando el orden corintio era la máxima
expresión de la elegancia.
Un exterior habitado por gigantes.
Si alzan la vista hacia su fachada, verán el genio del
escultor francés Miguel Verdiguier. Allí, escoltando la portada
adintelada, San Miguel, San Pedro y San Pablo vigilan el paso de los
jiennenses. Pero la verdadera joya reside en las cornisas: un desfile
iconográfico donde Melquisedec y Sansón conviven con alegorías de la Caridad y
la Sabiduría. Es un catecismo de piedra esculpido para ser leído desde el
asfalto.
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| La perfección geométrica de Ventura Rodríguez se eleva sobre el Sagrario. |
Bajo el cielo de los 288 casetones.
Entrar en el interior del Sagrario es, ante todo, una experiencia lumínica. La luz desciende desde la linterna de la cúpula elíptica, bañando los 288 casetones hexagonales que parecen flotar sobre nuestras cabezas. Es una atmósfera que invita al recogimiento absoluto.
El Presbiterio: Presidido por un tabernáculo de mármoles polícromos, guarda el óleo de la Asunción de la Virgen de Mariano Salvador Maella (1794), una pieza de un cromatismo exquisito.
Los Altares Laterales: No pueden pasar por alto los lienzos de Zacarías González Velázquez, donde el drama del Martirio de San Pedro Pascual y el silencio del Calvario envuelven al visitante en un aura de misticismo tardobarroco.
La Cripta: El silencio que custodia la memoria.
Descendiendo a las profundidades del templo, hallamos una
cripta de planta gemela a la iglesia superior. Este espacio, que hasta 1829
sirvió como último descanso para los parroquianos, hoy late con una carga
histórica sobrecogedora.
Reacondicionada en 1940 para albergar los restos de quienes
perdieron la vida en la Guerra Civil, incluyendo al obispo Basulto, la cripta
es un lugar de respeto y arte doliente. Aquí reside el Cristo de los Caídos,
una obra magistral de Jacinto Higueras que parece exhalar su último
suspiro bajo el fresco del Triunfo de los Mártires de Rafael Hidalgo de
Caviedes. Es, sin duda, uno de los rincones más solemnes de todo el Santo
Reino.
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| Bajo las naves, la cripta custodia el silencio y la fe de siglos pasados. |
Un tesoro de relevancia nacional.
Declarada Monumento Histórico Nacional en 1931, la
Iglesia del Sagrario guarda secretos incluso fuera de sus muros. ¿Sabían que en
el Museo Arqueológico Nacional se custodian dos puertas mudéjares del siglo XV
procedentes de este lugar? Eran de una lacería tan fina que el tiempo decidió
que debían ser patrimonio de todos.
Hoy, el Sagrario sigue ahí, anclado a la Catedral como un
hermano menor que, sin embargo, posee una personalidad arrolladora. Es el
triunfo de la razón sobre el desastre, de la piedra sobre el terremoto.
¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez ese silencio sepulcral al
entrar en su cripta o la luz casi celestial de su cúpula? Cuéntanos qué
recuerdos guardas de este rincón de Jaén en los comentarios o comparte esta
crónica para que el legado del Sagrario siga vivo.




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