La Puerta de la Noguera: El eco de los pasos que partían hacia Granada.

Acuarela que recrea la reconstrucción de 1972 de la Puerta de la Noguera en Jaén, mostrando su majestuoso arco apuntado de estilo mudéjar, con texturas de ladrillo rojizo y piedra, flanqueado por vegetación evocadora.
El sueño de Berges Roldán en la Puerta de la Noguera.


Hay esquinas en Jaén que no se recorren solo con los pies, sino con la memoria. Una de ellas aguarda en la intersección de la calle Manuel Jontoya con la emblemática calle Llana. Hoy, el asfalto y el paso apresurado de la modernidad parecen haber borrado cualquier rastro de asombro, pero si uno se detiene justo donde el viento dobla la esquina, todavía es posible sentir el peso de una ausencia monumental.

Resulta inevitable cerrar los ojos e imaginar cómo vibraba el suelo bajo los cascos de las caballerías cuando la Puerta de la Noguera no era un recuerdo, sino una imponente realidad de piedra. Aquel era el último refugio antes del abismo del camino; el lugar donde los viajeros de hace seis siglos se santiguaban antes de perder de vista las torres de la ciudad para internarse en las peligrosas rutas que conducían al Reino de Granada. No era solo un arco: era la frontera emocional de un Jaén que vivía con el oído puesto en la muralla y el corazón volcado hacia el sur.

Un bastión mudéjar entre dos mundos.

La historia nos dice que fue en el siglo XIV cuando esta estructura terminó de consolidar su fisonomía. Me gusta pensar en los canteros que, bajo el sol de plomo jiennense, levantaron aquel arco central. Se dice que era una pieza de factura mudéjar exquisita, una arquitectura que hablaba el lenguaje de la convivencia y la frontera.

Su ubicación no era azarosa. Situada en la confluencia de la actual calle Francisco Coello (nuestra querida y castiza "calle Llana") y Manuel Jontoya, la puerta ejercía de aduana emocional. Por un lado, el bullicio de la parroquia de San Ildefonso; por otro, el horizonte abierto hacia las tierras del Reino Nazarí. El diseño, con sus portillos peatonales escoltando el gran arco para caballerías, convertía a la Noguera en el epicentro de un flujo humano constante de mercaderes, soldados y mulas cargadas de aceite y cereal.


Ilustración en acuarela del vestigio actual de la Puerta de la Noguera, donde se aprecia el muro de sillares y la hornacina del Cristo del Perdón protegida por una reja, símbolo de la devoción que sobrevive a la demolición.
Cicatrices de piedra: La hornacina del Cristo del Perdón.


El trágico destino de una puerta que no quería morir.

La crónica de la Puerta de la Noguera es, lamentablemente, la historia de una resistencia frente al mal entendido "progreso". Como si de un destino trágico se tratase, la estructura ha vivido un ciclo de desapariciones que aún duele en el alma de la ciudad:

- 1873: La primera herida. En pleno siglo XIX, bajo el pretexto de la expansión urbana, la piqueta derribó la estructura original. Jaén perdió entonces uno de sus diez accesos principales.

- 1972: El sueño de Luis Berges Roldán. Hubo un intento de justicia poética. El arquitecto Berges Roldán, con esa sensibilidad suya para rescatar nuestra memoria, dirigió una reconstrucción que pretendía devolverle al barrio su identidad perdida.

La segunda demolición: Apenas unos años después de su renacimiento, la puerta volvió a caer. El asfalto y la tiranía del tráfico rodado reclamaron su espacio, dejando a la Puerta de la Noguera reducida a un fantasma de piedra.

"Es una ironía cruel que una estructura diseñada para durar siglos fuera derrotada dos veces por la prisa de apenas unas décadas."


Vista lateral en acuarela de los restos arquitectónicos de la Puerta de la Noguera en su ubicación actual. Se observa la integración de la piedra antigua con el entorno urbano de Jaén, capturando la melancolía del patrimonio perdido.
La esquina del tiempo: Vestigios de la Noguera.


Los vestigios que nos quedan: El Cristo del Perdón.

Hoy, quien se detenga con ojos curiosos en la zona, aún podrá encontrar las cicatrices de este pasado. Un resto de torreón y el arranque del arco se aferran a la modernidad como queriendo recordarnos quiénes fuimos.

Pero si algo mantiene viva la llama de la Noguera es la Hornacina del Cristo del Perdón. Allí, donde antaño se alzaba la torre defensiva, hoy habita la devoción. Esta pequeña imagen, bajo su arco protector, es el último centinela de la puerta. Los vecinos de la zona aún se detienen frente a ella, cumpliendo con un ritual que trasciende los siglos: una mirada, un rezo silencioso, una conexión directa con aquel Jaén intramuros que se resiste a ser olvidado.


¿Alguna vez te has detenido ante la hornacina del Cristo del Perdón o has imaginado cómo era el tránsito por la calle Llana cuando la puerta aún existía? Cuéntanos tus historias o los relatos que oíste de tus abuelos en los comentarios. Ayúdanos a que la memoria de Jaén no se erosione con el tiempo.


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