Tras las huellas de Almendros Aguilar, el alma romántica de Jaén.

Retrato en acuarela de Antonio Almendros Aguilar, un hombre mayor con barba y bigote blancos, vestido con una chaqueta marrón y una corbata azul. Mira directamente al espectador, con un fondo abstracto de color blanco y verde.
Retrato de Antonio Almendros Aguilar, alma romántica de Jaén.


Resulta casi inevitable, al estar en la Plaza de San Juan, visionar la silueta encorvada de aquel hombre menudo cruzando el empedrado. Me gusta pensar que, en el eco de sus pasos, aún resuena el Jaén del siglo XIX: un Jaén de carruajes, de tertulias literarias a la luz de los candiles y de una fe inquebrantable en el progreso. Aquel hombre, al que los jiennenses veían con ternura, no era otro que Antonio Almendros Aguilar, el poeta que consiguió que sus versos, más que palabras, fueran parte del granito de nuestra tierra.


El despertar de un liberal en el Santo Reino.

Nacido bajo en Jódar en 1825, Almendros Aguilar pronto vinculó su destino al pulso de la capital. Eran tiempos de convulsión y esperanza. Mientras estudiaba en Madrid para Ingeniero de Caminos, forjó una amistad que marcaría su brújula política: su vínculo con Sagasta. Esta relación lo llevó a recorrer la geografía española desempeñando cargos públicos, pero su corazón, siempre gravitando hacia el sur, lo trajo de vuelta a los cerros de olivos.

Como concejal del Ayuntamiento de Jaén en 1862, su gestión fue el motor de la modernidad. A él le debemos, en gran medida, el impulso necesario para que el ferrocarril rompiera el aislamiento de la ciudad y la organización de la fastuosa visita de la reina Isabel II. Antonio no era solo un hombre de letras; era un hombre de acción que soñaba con un Jaén conectado y próspero.


Ilustración en acuarela que muestra a Antonio Almendros Aguilar, un hombre mayor con barba blanca, escribiendo con una pluma en un papel en su estudio. Está rodeado de libros y una lámpara de aceite, con una ventana al fondo que revela una vista nocturna de Jaén y sus edificios antiguos.
Antonio Almendros Aguilar, el cronista en su estudio.

La Cruz de Santa Catalina: Donde el verso se hizo piedra.

Si hay un lugar donde el espíritu de Almendros Aguilar se vuelve eterno, es en la cumbre del cerro que vigila la ciudad. Allí, a los pies de la Cruz del Castillo de Santa Catalina, el viento parece recitar su famoso Soneto a la Cruz.

“Muere Jesús del Gólgota en la cumbre,

con amor perdonando al que le hería,

siente deshecho el corazón María

del dolor en la inmensa pesadumbre.

Se aleja con pavor la muchedumbre

cumplida ya la Santa Profecía,

tiembla la tierra, el iluminar del día

cegando a tal horror, pierde su lumbre.

Se abren las tumbas, se desgarra el velo,

y a impulsos de un amor grande y fecundo

parece estar la cruz, signo de duelo,

cerrando augusta con el pie el profundo,

con la excelsa cabeza abriendo el cielo

y con los brazos abarcando el mundo.”

Es difícil no sentir un escalofrío al leer esos versos grabados en la piedra mientras la vista se pierde en el mar de olivos. Su poesía, elogiada por el mismísimo Zorrilla, transitaba entre la oda a la libertad y la sátira punzante. Escribió a Lincoln, a Mendizábal y a la belleza de lo cotidiano, demostrando que el romanticismo en Jaén no era una moda importada, sino un sentimiento que brotaba directamente de la cal y el aceite.


Ilustración en acuarela que recrea una concurrida tertulia literaria en un café de Jaén del siglo XIX, con un grupo de hombres mayores discutiendo en primer plano y otros comensales y un camarero al fondo. A través de la ventana se divisan edificios antiguos.
Tertulia literaria en el Jaén decimonónico.

El primer cronista: Un honor entre la penuria.

En 1896, la historia de Jaén se hizo oficial en su pluma. La Diputación Provincial creó para él la plaza de Cronista Oficial de la Provincia. Sin embargo, tras este nombramiento latía una realidad melancólica: el otrora influyente político y literato vivía sus últimos años sumido en una "miseria penosa". El cargo fue un acto de justicia poética, un auxilio económico disfrazado de reconocimiento para que aquel hombre, que lo había dado todo por su tierra, no viera apagarse su luz en el olvido.

Tras su muerte en 1904, tomó el testigo otro grande, Alfredo Cazabán, pero el legado de Almendros Aguilar quedó atrapado durante décadas en laberintos administrativos. Sus crónicas y poemas fueron objeto de disputas que, afortunadamente, no lograron borrar su huella en el imaginario colectivo.


Un monumento a la memoria en la Plaza de San Juan.

Hoy, su nombre nombra una de las arterias más extensas de Jaén, pero es en la Plaza de San Juan donde su presencia se vuelve tangible. Frente a la venerable iglesia, el monumento erigido por Jacinto Higueras Cátedra en 1961 nos recuerda al hombre altruista, al último romántico.

Caminar por Jaén es, en esencia, leer a Almendros Aguilar. Es comprender que una ciudad no solo se construye con ladrillos, sino con la sensibilidad de quienes supieron cantarle a sus sombras y a su luz.


Ilustración en acuarela de la estatua de Antonio Almendros Aguilar en la Plaza de San Juan de Jaén. La figura de bronce, sobre un pedestal de piedra, mira hacia arriba con una mano en el pecho, en una pose introspectiva y romántica.
Monumento a Almendros Aguilar en la Plaza de San Juan.

¿Y tú, conocías la historia de D. Antonio Almendros Aguilar? Seguro que alguna vez has leído sus versos en la Cruz del Castillo sin saber quién los dictó. Si tienes algún recuerdo familiar sobre las leyendas de este ilustre cronista o quieres compartir tu rincón favorito de la Plaza de San Juan, ¡déjanos un comentario! Mantengamos viva la crónica de nuestro Jaén.




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